http://www.mediafire.com/?4edh1m4nt1eu3v8
En mis años más rebeldes, alrededor de los 16, me acostumbré a desfogar mi necesidad de insurrección en una serie de pequeños sabotajes que practicaba en solitario. Por las tardes, me paseaba entre tiendas de ropa cara, ropa que yo no podía pagar, con una cuchilla de afeitar en el bolsillo. Entraba en el establecimiento como un cliente más, chequeaba la mercancía y acariciaba las telas con la cuchilla escondida entre el dedo índice y el anular, estirando largos cortes a lo largo de cada prenda.
Hacía varios cortes en poco tiempo - nunca más de cinco minutos - y salía del lugar fingiendo tranquilidad, con las pupilas hinchadas de adrenalina.
En los centros comerciales la excitación era mayor y también el riesgo, porque temía que me pudiera grabar alguna cámara. Nunca entraba en más de dos tiendas en un mismo centro y no volvía al lugar hasta pasados dos o tres meses. Aún así, hubo una vez en la que, después de haber completado un sabotaje, al entrar en la segunda tienda tuve la sensación de que me observaba un agente de seguridad.
Salí disimuladamente el establecimiento y cuando me encontré en el pasillo percibí otro agente de la seguridad privada del centro caminando hacia mí. No me lo pensé dos veces y salí corriendo.
El pasillo desembocaba a un patio interior del centro, en el que habían dos atracciones de feria para los niños, y allí pude ver que des de la salida llegaban otros dos guardias uniformados. Volví inmediatamente por la dirección desde la que había venido, sabiendo que desde allí también me seguían y no me quedó, o no se me ocurrió, otra opción que entrar en los baños públicos antes de volverme a encontrar el primer guardia. Entré en una cabina y me senté en la taza con las piernas levantadas, aguantando la puerta cerrada con las plantas de los pies.
Al poco tiempo escuché los pasos de dos de mis perseguidores entrando. Uno callaba y el otro me decía con tono dulce que podía salir. Decía en voz alta que no entendían porque me había puesto a correr.
También pude escuchar como iban abriendo las puertas una a una, hasta que no consiguieron mover la mía y se callaron. El tiempo se paró y desde el interior del silencio, algo empezó a pitar. No desde fuera, no a través de mis oídos, sino desde el centro mismo de mi cerebro. Primero suavemente, un silbido metálico, que ahondaba más y más profundamente en el centro de mi mente a medida que ganaba intensidad. La vista se me desenfocaba intermitentemente por el efecto del sonido y me temblaban los miembros de asco y náusea. Al rato no pude aguantar y abrí la puerta de un solo tirón, para vomitar sobre el uniforme del agente que me encontré de bruces, de pié delante de la puerta, aguantando un mando a distancia metálico en una mano. Su compañero me pegó en la cabeza pero no pude notar dolor, ningún dolor físico podía superar la angustia que me producía aquel sonido agudo. Aparté a los dos hombres estirando los brazos y salí tambaleándome de los baños, tropecé con una niña pequeña y perdí el conocimiento al momento de tocar el suelo.
sábado, 19 de noviembre de 2011
domingo, 13 de noviembre de 2011
Brighter Death Now - 1890
http://www.mediafire.com/?qr7p9i211qve6x9
Cuando tenía poco más de veinte años, trabajaba en una cafetería por las tardes y le alquilaba una buhardilla a una mujer soltera que bebía un poco pero nunca me molestaba. Subí de la calle un enorme colchón que encontré abandonado y lo coloqué cerca de la ventana, me compré una neverita para las cervezas y coloqué en el centro de la habitación dos televisores. Uno me lo prestó un amigo que se fue al extranjero y el segundo me lo encontré por casualidad, detrás de mi casa, una tarde en la que tuve que hacer un rodeo para salir del barrio a causa de un mitin político que bloqueó la entrada a mi calle con un mar de sillas plegables de madera y pensionistas con pancartas que me daban la espalda mientras escuchaban la voz de un conferenciante que salía de los altavoces con firmeza automatizada y desganada. Esa tarde tuve que doblar un par de esquinas que nunca había explorado y sobre la calzada de una calle corta y estrecha me encontré con una televisión abandonada, que resultó funcionar. Por aquella época trabajaba siempre en turnos de tarde, dormía de día y a menudo me pasaba las noches delante de mis dos televisiones, una transmitiendo las imágenes que salían de un reproductor de DVD que gané en alguna oferta y otra reproduciendo cintas VHS en un videocasete que ni recuerdo de donde había sacado. Reproducía a menudo unas cintas que me encontré apiladas junto a un contenedor de basura. Había una con una grabación ambiental de fuego, y otra cinta en la que, tras terminar dos comedias grabadas de la televisión, sobraban unos minutos de la grabación anterior, no profesional, con imágenes de una familia anónima celebrando el cumpleaños de una niña. Así gastaba en aquella época noches enteras hasta la llegada del pálido amanecer. Fue en una de aquellas veladas nocturnas, entre las tres y las cuatro de la madrugada más o menos, cuando me sorprendió el lanzamiento de una bengala sobre los edificios frente a mi ventana. Me quedé hipnotizado observando la luz rojiza y a medida que me acostumbraba a la sorpresa, me percaté de que lo que me había parecido una bengala no bajaba del cielo. Pasaron unos segundos y la bengala no descendía como era de esperar, sino que se mantenía clavada en el cielo, no se exactamente a qué distancia, pero desde mi ángulo parecía estar a un palmo sobre el edificio de enfrente.
El brillo palpitaba cambiando de intensidad. Cuando se expandía, la luz era tan intensa que me cegaba por un instante durante el que me quedaba encantado y a continuación se replegaba sobre sí misma, quedándose simplemente flotando ante mi mirada. Después me volvía a hipnotizar. Palpitando en el cielo absorbía la atención de mi mente y la soltaba, de manera intermitente. Cada vez que la luz me poseía, yo centraba mucha atención en sentir mi columna vertebral –esto lo podía analizar posteriormente - y visualizaba la imagen de una luz fluorescente, sobre la que brillaban en mayor intensidad unos filamentos de luz que parecían cuerdas rotas y finas, hechas de una luz aún más clara que la de la bengala. Después volvía a ver el cielo oscuro, sus pocas estrellas, una a una, y la bengala estática brillando en el aire. Me desperté al amanecer, sin recordar en qué momento había quedado dormido y desde entonces me tomo en serio los avistamientos de ovnis.
Cuando tenía poco más de veinte años, trabajaba en una cafetería por las tardes y le alquilaba una buhardilla a una mujer soltera que bebía un poco pero nunca me molestaba. Subí de la calle un enorme colchón que encontré abandonado y lo coloqué cerca de la ventana, me compré una neverita para las cervezas y coloqué en el centro de la habitación dos televisores. Uno me lo prestó un amigo que se fue al extranjero y el segundo me lo encontré por casualidad, detrás de mi casa, una tarde en la que tuve que hacer un rodeo para salir del barrio a causa de un mitin político que bloqueó la entrada a mi calle con un mar de sillas plegables de madera y pensionistas con pancartas que me daban la espalda mientras escuchaban la voz de un conferenciante que salía de los altavoces con firmeza automatizada y desganada. Esa tarde tuve que doblar un par de esquinas que nunca había explorado y sobre la calzada de una calle corta y estrecha me encontré con una televisión abandonada, que resultó funcionar. Por aquella época trabajaba siempre en turnos de tarde, dormía de día y a menudo me pasaba las noches delante de mis dos televisiones, una transmitiendo las imágenes que salían de un reproductor de DVD que gané en alguna oferta y otra reproduciendo cintas VHS en un videocasete que ni recuerdo de donde había sacado. Reproducía a menudo unas cintas que me encontré apiladas junto a un contenedor de basura. Había una con una grabación ambiental de fuego, y otra cinta en la que, tras terminar dos comedias grabadas de la televisión, sobraban unos minutos de la grabación anterior, no profesional, con imágenes de una familia anónima celebrando el cumpleaños de una niña. Así gastaba en aquella época noches enteras hasta la llegada del pálido amanecer. Fue en una de aquellas veladas nocturnas, entre las tres y las cuatro de la madrugada más o menos, cuando me sorprendió el lanzamiento de una bengala sobre los edificios frente a mi ventana. Me quedé hipnotizado observando la luz rojiza y a medida que me acostumbraba a la sorpresa, me percaté de que lo que me había parecido una bengala no bajaba del cielo. Pasaron unos segundos y la bengala no descendía como era de esperar, sino que se mantenía clavada en el cielo, no se exactamente a qué distancia, pero desde mi ángulo parecía estar a un palmo sobre el edificio de enfrente.
El brillo palpitaba cambiando de intensidad. Cuando se expandía, la luz era tan intensa que me cegaba por un instante durante el que me quedaba encantado y a continuación se replegaba sobre sí misma, quedándose simplemente flotando ante mi mirada. Después me volvía a hipnotizar. Palpitando en el cielo absorbía la atención de mi mente y la soltaba, de manera intermitente. Cada vez que la luz me poseía, yo centraba mucha atención en sentir mi columna vertebral –esto lo podía analizar posteriormente - y visualizaba la imagen de una luz fluorescente, sobre la que brillaban en mayor intensidad unos filamentos de luz que parecían cuerdas rotas y finas, hechas de una luz aún más clara que la de la bengala. Después volvía a ver el cielo oscuro, sus pocas estrellas, una a una, y la bengala estática brillando en el aire. Me desperté al amanecer, sin recordar en qué momento había quedado dormido y desde entonces me tomo en serio los avistamientos de ovnis.
lunes, 7 de noviembre de 2011
Darkthrone - Panzerfaust
http://www.mediafire.com/?3er5xu0fcahwugz
Antes de comenzar la verdadera pubertad, tenía una profesora de informática con el pelo rubio y liso, con una piel pálida marcada por finas arrugas de rabia. Me producía una vaga excitación sexual, que se mezclaba con rabia y frustración ante sus enfados súbitos.
Con once años, niño adolescente, estaba harto de los fluorescentes antisépticos del edificio de la escuela y de las competiciones aburridas por gustarles a las chicas. Estaba harto del tutor, que me tenía manía y me hería día sí día no con críticas cínicas sobre mis opiniones. La jornada escolar me digería mí en un vacío aislante. Una tortura emocional que en invierno se estiraba hasta que la oscuridad hubiera engullido a la totalidad del cielo. Mis únicos momentos de libertad consistían en ver a los pájaros ir y venir sobre los cables eléctricos desde la ventana de clase, mientras moría el día.
Después de clase caminaba solo, en la oscuridad. Horas sin rumbo, pateando latas, cajas y todo lo que daba sentido a mi camino. Lanzando algunas piedras puntuales a farolas y alguna que otra ventana.
Caminaba y buscaba, algo, sin saber qué. Salía de los confines del barrio y de la ciudad cansado, con las suelas de los zapatos ardiendo, el físico agotado, pero atrapado en el mismo lugar. Miraba hacia el cielo y no me sentía libre – la libertad estaba allí arriba, entre estrellas como puntos de un mapa hacia tesoros incomprensibles. Todo tenía significado, pero allí arriba, a lo lejos.
La única vez que el cielo se acercó hacia mí, me mandó una señal hundida en la niebla. Una luz misteriosa brillando al fondo de la carretera, pintando los hangares de destellos anaranjados.
Una bola de olor infernal de la que emanaba humo más salvaje y más oscuro que la neblina con la que se mezclaba. El esqueleto de un coche ardiendo en el rincón más alejado del polígono industrial.
No sabía cómo había llegado allí aquel objeto sagrado que moría en llamas ante mí, pero me fascinaba ese calor destructor que le rodeaba como la puerta a una dimensión paralela, más real que la mía. Como el fuego de un sacrificio mágico, aquella me pareció la señal de libertad que esperaba y tiré al fuego la cartera escolar con las libretas y los libros que llevaba aquella tarde.
Me senté sobre el asfalto caliente ante mi hoguera y observé hipnotizado como las llamas penetraban invisiblemente el nylon de la cartera escolar para desgarrarla silenciosamente desde sus entrañas. Me sentía en el mundo, presente y persona al fin. Me sentía poseído por un motivo vital. Inescrutable, pero presente. Las llamas se perdían en el cielo y hacían desaparecer las estrellas, pero conversando y comunicando con ellas.
Las crestas de las llamas, la profundidad negra del cielo y la vida, eran un todo compenetrado en el que yo formaba parte, hasta que una luz blanquecina bañó mis ojos. Quedé cegado por esta iluminación pálida, en la que aparecieron dos figuras oscuras que se dirigieron a mí en mi idioma, hablado con tono seco. Eran dos agentes de policía que habían acudido al lugar y ellos fueron los que me acompañaron condescendientemente a casa de mis padres.
Después de aquella tarde los paseos nunca volvieron a ser lo mismo.
Antes de comenzar la verdadera pubertad, tenía una profesora de informática con el pelo rubio y liso, con una piel pálida marcada por finas arrugas de rabia. Me producía una vaga excitación sexual, que se mezclaba con rabia y frustración ante sus enfados súbitos.
Con once años, niño adolescente, estaba harto de los fluorescentes antisépticos del edificio de la escuela y de las competiciones aburridas por gustarles a las chicas. Estaba harto del tutor, que me tenía manía y me hería día sí día no con críticas cínicas sobre mis opiniones. La jornada escolar me digería mí en un vacío aislante. Una tortura emocional que en invierno se estiraba hasta que la oscuridad hubiera engullido a la totalidad del cielo. Mis únicos momentos de libertad consistían en ver a los pájaros ir y venir sobre los cables eléctricos desde la ventana de clase, mientras moría el día.
Después de clase caminaba solo, en la oscuridad. Horas sin rumbo, pateando latas, cajas y todo lo que daba sentido a mi camino. Lanzando algunas piedras puntuales a farolas y alguna que otra ventana.
Caminaba y buscaba, algo, sin saber qué. Salía de los confines del barrio y de la ciudad cansado, con las suelas de los zapatos ardiendo, el físico agotado, pero atrapado en el mismo lugar. Miraba hacia el cielo y no me sentía libre – la libertad estaba allí arriba, entre estrellas como puntos de un mapa hacia tesoros incomprensibles. Todo tenía significado, pero allí arriba, a lo lejos.
La única vez que el cielo se acercó hacia mí, me mandó una señal hundida en la niebla. Una luz misteriosa brillando al fondo de la carretera, pintando los hangares de destellos anaranjados.
Una bola de olor infernal de la que emanaba humo más salvaje y más oscuro que la neblina con la que se mezclaba. El esqueleto de un coche ardiendo en el rincón más alejado del polígono industrial.
No sabía cómo había llegado allí aquel objeto sagrado que moría en llamas ante mí, pero me fascinaba ese calor destructor que le rodeaba como la puerta a una dimensión paralela, más real que la mía. Como el fuego de un sacrificio mágico, aquella me pareció la señal de libertad que esperaba y tiré al fuego la cartera escolar con las libretas y los libros que llevaba aquella tarde.
Me senté sobre el asfalto caliente ante mi hoguera y observé hipnotizado como las llamas penetraban invisiblemente el nylon de la cartera escolar para desgarrarla silenciosamente desde sus entrañas. Me sentía en el mundo, presente y persona al fin. Me sentía poseído por un motivo vital. Inescrutable, pero presente. Las llamas se perdían en el cielo y hacían desaparecer las estrellas, pero conversando y comunicando con ellas.
Las crestas de las llamas, la profundidad negra del cielo y la vida, eran un todo compenetrado en el que yo formaba parte, hasta que una luz blanquecina bañó mis ojos. Quedé cegado por esta iluminación pálida, en la que aparecieron dos figuras oscuras que se dirigieron a mí en mi idioma, hablado con tono seco. Eran dos agentes de policía que habían acudido al lugar y ellos fueron los que me acompañaron condescendientemente a casa de mis padres.
Después de aquella tarde los paseos nunca volvieron a ser lo mismo.
sábado, 29 de octubre de 2011
Khlyst - Chaos Is My Name
Khlyst - Chaos Is My Name
http://www.mediafire.com/?xa0ug0bnal7v43v
Cuando mis amigos y yo teníamos entre once y doce años, nos encontrábamos paseando sin rumbo durante una tarde gris y melancólica de otoño.
No me acuerdo de cuántos éramos, pero mi amigo se percató de un cachorro de gatos escondido. Se había acurrucado tras las rejas de una floristería, le faltaba un ojo y estaba muy asustado.
Alguien alargó el brazo y acercó al cachorro suavemente, aguantándolo con una sola mano.
Nos lo llevamos con nosotros bajo la chaqueta, como un pequeño tesoro calentito. Oscurecía, el fin de semana estaba terminando. Las clases se habían reanudado después de las vacaciones de verano y los domingos volvían a ser deprimentes y melancólicos. Nos paramos sobre el puente que pasa sobre la vía de tren y cuando vimos la máquina llegar a lo lejos, alguien se preguntó en voz alta si era verdad que los gatos caían siempre de pié, tras lo cual lanzó a nuestro cachorro por el puente, justo cuando pasaba el tren aullando.
Después alguien contó lo que hicimos ese domingo. No yo, ni nadie cercano a mí, pero es que éramos un grupo grande aquella tarde y yo no conocía a todos. Hablaban mal de nosotros en clase, las chicas nos miraban con asco y había gente que quería vengarse.
A mi me amenazaron una vez, saliendo del colegio. Un par de empujones e insultos, nada más. Pero a mi amigo le pegaron una paliza el siguiente domingo. En represalia por lo del gatito, decían. Empezaron con insultos, después una de las chicas le tiró del pelo, alguien le pegó una patada con las botas de punta de hierro, que estaban de moda en aquella época, y le tiraron al suelo.
Llegó a casa con contusiones, moratones en los costados y la cara, sangre en el labio y una ceja. Le siguió doliendo un costado durante varias semanas.
http://www.mediafire.com/?xa0ug0bnal7v43v
Cuando mis amigos y yo teníamos entre once y doce años, nos encontrábamos paseando sin rumbo durante una tarde gris y melancólica de otoño.
No me acuerdo de cuántos éramos, pero mi amigo se percató de un cachorro de gatos escondido. Se había acurrucado tras las rejas de una floristería, le faltaba un ojo y estaba muy asustado.
Alguien alargó el brazo y acercó al cachorro suavemente, aguantándolo con una sola mano.
Nos lo llevamos con nosotros bajo la chaqueta, como un pequeño tesoro calentito. Oscurecía, el fin de semana estaba terminando. Las clases se habían reanudado después de las vacaciones de verano y los domingos volvían a ser deprimentes y melancólicos. Nos paramos sobre el puente que pasa sobre la vía de tren y cuando vimos la máquina llegar a lo lejos, alguien se preguntó en voz alta si era verdad que los gatos caían siempre de pié, tras lo cual lanzó a nuestro cachorro por el puente, justo cuando pasaba el tren aullando.
Después alguien contó lo que hicimos ese domingo. No yo, ni nadie cercano a mí, pero es que éramos un grupo grande aquella tarde y yo no conocía a todos. Hablaban mal de nosotros en clase, las chicas nos miraban con asco y había gente que quería vengarse.
A mi me amenazaron una vez, saliendo del colegio. Un par de empujones e insultos, nada más. Pero a mi amigo le pegaron una paliza el siguiente domingo. En represalia por lo del gatito, decían. Empezaron con insultos, después una de las chicas le tiró del pelo, alguien le pegó una patada con las botas de punta de hierro, que estaban de moda en aquella época, y le tiraron al suelo.
Llegó a casa con contusiones, moratones en los costados y la cara, sangre en el labio y una ceja. Le siguió doliendo un costado durante varias semanas.
viernes, 28 de octubre de 2011
venetian snares - sabbath dubs
En verano tengo menos timpo de escribir, pero además nada de lo que he escrito me ha gustado lo suficiente como para terminarlo. He comenzado un par de experimentos que tal vez termine algún día y he trabajado un poco en la historia de Protagonista. Tanto tiempo sin poner nada en el blog me ha hecho pensar en algo más ágil para ir publicando cosas más a menudo, con menos pretensiones pero más productividad. Entre esta preocupación, un sueño perturbador y una noche sin sueño, se me ha ocurrido comenzar una autobiografía falsa, basada en las canciones de mi ipod. Iré colgando fragmentos de estos recuerdos falsos, junto al disco o canción que los inspira, hasta formar una autobiografía musical. El primer recuerdo es un recuerdo de adolescencia basado en las remezclas que Venetian Snares ha hecho de Black Sabbath:
http://www.mediafire.com/?8xgjrp453b4sh68#1
Hacia la mitad de mi adolescencia se me metió una obsesión entre las piernas. Lo único que quería era follar, con alguien o con algo.
-Un cuervo negro, me dijo un amigo que entendía de brujería, tienes que atrapar un cuervo negro, desplumarlo, trocearlo y cocinar la carne a fuego lento.
Lo ponía todo en un libro muy creíble que me dejó con la condición de que no se lo enseñara a nadie ni lo llevara nunca al instituto. Ponía cómo había que trocear al cuervo y cómo colar la grasa que quedaba al enfriar la sopa resultante y untarla sobre todo el propio cuerpo.
Por si fuera poco eso había que hacerlo desnudo en el bosque, durante la puesta de sol pero antes de la noche, eso era muy importante. Era imprescindible terminar antes de la oscuridad, esperar desnudo y untado en entre los árboles y de noche volver a la ciudad. Esto me convertiría en irresistible.
La verdad es que no se me ocurría dónde encontrar un cuervo. El único lugar donde me imaginaba que los habría era el zoológico, pero allí no podría atrapar ninguno. Además, aunque pudiera no me hubiera atrevido. Me daba pena el animal.
Una cosa es comprar un pájaro troceado y empaquetado sobre una bandejita de poliespán, pero hacer esa carnicería yo mismo, y con un pájaro que había nacido libre… no me veía capaz.
Después de todo hay maneras más naturales de conseguir sexo, me decía. Me limité a confiar en que algo de suerte tendría en conocer a alguien del sexo contrario con quien practicar mis necesidades. Nunca me iba a saciar como prometía hacerlo la brujería, presentí, pero tendría mis momentos de satisfacción.
http://www.mediafire.com/?8xgjrp453b4sh68#1
Hacia la mitad de mi adolescencia se me metió una obsesión entre las piernas. Lo único que quería era follar, con alguien o con algo.
-Un cuervo negro, me dijo un amigo que entendía de brujería, tienes que atrapar un cuervo negro, desplumarlo, trocearlo y cocinar la carne a fuego lento.
Lo ponía todo en un libro muy creíble que me dejó con la condición de que no se lo enseñara a nadie ni lo llevara nunca al instituto. Ponía cómo había que trocear al cuervo y cómo colar la grasa que quedaba al enfriar la sopa resultante y untarla sobre todo el propio cuerpo.
Por si fuera poco eso había que hacerlo desnudo en el bosque, durante la puesta de sol pero antes de la noche, eso era muy importante. Era imprescindible terminar antes de la oscuridad, esperar desnudo y untado en entre los árboles y de noche volver a la ciudad. Esto me convertiría en irresistible.
La verdad es que no se me ocurría dónde encontrar un cuervo. El único lugar donde me imaginaba que los habría era el zoológico, pero allí no podría atrapar ninguno. Además, aunque pudiera no me hubiera atrevido. Me daba pena el animal.
Una cosa es comprar un pájaro troceado y empaquetado sobre una bandejita de poliespán, pero hacer esa carnicería yo mismo, y con un pájaro que había nacido libre… no me veía capaz.
Después de todo hay maneras más naturales de conseguir sexo, me decía. Me limité a confiar en que algo de suerte tendría en conocer a alguien del sexo contrario con quien practicar mis necesidades. Nunca me iba a saciar como prometía hacerlo la brujería, presentí, pero tendría mis momentos de satisfacción.
viernes, 9 de abril de 2010
5 ritmos: fluido
Esta es la primera entrada de un relato pensado para cinco ritmos. Voy a usar los cinco ritmos de Gabrielle Roth para escribir alrededor de una misma experiencia autobiográfica.
Gabrielle Roth es una mujer/gurú que inventó hace treinta o cuarenta años una técnica de meditación basada en la danza de cinco ritmos seguidos. Cada ritmo de los que ella elige tiene su significado y al bailar los cinco en el orden que propone se consiguen cosas buenas.
Yo personalmente no soy un gran practicante de esta meditación ni un gran entendido en la técnica, pero me parece una manera muy divertida de usar la música y una técnica muy fácil de comprender. En su página web explica brevemente el significado de cada ritmo, y esta explicación es suficiente para dirigir la concentración a la hora de escribir, para mí.
En cuanto a la idea, desde hace años veo que el relato del conflicto interno de un personaje a medio camino entre oriente y occidente se está consolidando como subgénero literario y llevo tiempo pensando en aprovecharlo. Yo nací en Israel, un país que, se quiera o no, es también oriental. La oveja negra de Oriente Medio para algunos, una de las últimas sobras del colonialismo a la vieja usanza para otros o una representación de occidente en oriente. A fin de cuentas, Israel sigue estando en Oriente Medio, por lo menos geográficamente. ¿Así que por qué no añadir el toque Israelí al conjunto de literatura de emigrantes orientales en lengua occidental?
La idea esta vez es la de escribir un texto según cada ritmo de Gabrielle Roth, pero sobreponiendo los textos cada vez que son escritos, para reescribir el mismo texto cinco veces, de cinco maneras distintas. El resultado final será un relato escrito en cinco versiones, que el lector puede leer empezando por cualquiera de las versiones.
Esto irá quedando claro a medida que complete los siguientes capítulos. De momento, el primer texto está basado en el primer ritmo, el ritmo “fluido”, y todo el relato está basado en el viaje a un entierro en Israel.
La explicación del significado del ritmo “fluido” está sacada de la página de Gabrielle Roth y la mezcla es la mezcla más “fluida” que tenía, con motivos orientalistas.
Flowing is the pipeline to our inner truth, the impulse to follow the flow of one's own energy, to be true to oneself – listening and attending to our needs, receptive to our inner and outer worlds. When we open to the flow of our physical beings, all other pathways open.
Mezcla:
http://www.mediafire.com/?i0z2inr2qm2
1.
Alrededor de la hora 10, la suave comodidad de la mañana se ve interrumpida por el catártico lamento de dolor que ha causado en mi esposa la noticia de la muerte de su mamá. El alma de su madre ha dejado el cuerpo al otro lado de nuestro horizonte, en la orilla opuesta del mediterráneo. Mientras aquí donde estamos nosotros lo que sigue viviendo es el cielo abierto y las palmeras que acompañan la carretera. El resplandor del sol, que se escurre frente nuestra mirada hasta el aeropuerto y el conductor del taxi que nos lleva también, vive, como yo, y siento placer. Dentro de una situación tan dolorosa disfruto de poder encarnar mi pasión en actos físicos. Me alegro, dentro de una situación tan dolorosa, de tener la oportunidad de poder apoyar a mi mujer en un momento tan crucial y ser yo, sólo yo, el único que la acompaña en este vuelo. Vía Londres, condensados por la cabina uterina del avión, de regreso por el cordón umbilical de la memoria hacia el país que a los dos nos gustaría olvidar. Hacia esa parte embarazosa de mi identidad, que flota como una isla en el fondo de mi alma cuando bajo los párpados.
Esa parte de mi identidad relacionada con un país de carreteras que dan vueltas bajo un cielo negro como una mortaja, eléctrico, que me recibe con leyes y cuentas pendientes.
Un país que me recibe con obligaciones tales como visitas inmediatas a un supermercado oscuro, pálido, vacío y ausente, donde tengo que elegir entre cientos de productos superfluos, que tienen sombras peludas y formas esquivas. Compras para el día siguiente, para después del ritual. Después de que un cuerpo envuelto en una tela negra como el miedo irrumpe en el espacio e invoca un grito de dolor ancestral, que emerge desde un alma mucho más antigua que la de todos los reunidos.
Me siento como un fantasma entre humanos. No conozco las intenciones de las encarnaciones que se juntan aquí, en forma de personas, para llorar. No sé si lamentan lo misma cosa, desde de su lógica incomprensible y secreta de intrigas y desconfianza.
Me siento solo, entre los fantasmas que me rodean, mientras vuelco tierra al fondo de la tumba y el aire se llena de bendiciones sin significado.
Bendiciones que le llegan demasiado tarde a una mujer sola, que caminaba con un nudo en el corazón, entre violencia familiar, doméstica, urbana y política. Cuyo espíritu, de noche, susurra a las cortinas de la casa de la que por fin ha podido escapar. Una mujer a la que en vida le faltó tiempo para pasar con su hija porque se entretenía caminando con los pies descalzos sobre la playa mojada. Sentía la espuma salada enjabonar sus tobillos cuando caminaba sobre una arena alejada de su barrio, donde nadie la conocía.
Cuando paseo de noche, huyendo como lo hacía ella, pienso en la vida que tuvo mi suegra. Las torres se curvan bajo su propio peso sobre mí y las calles se me presentan en pijama, sin sentir la obligación de mantener las apariencias ante turistas que no vienen.
Me siento como un visitante inesperado en una ciudad desordenada, llena de despecho, que sobrevive sólo para molestar al mundo un día más.
Debería pensar en la muerte, pero la muerte no parece tener sustancia bajo los efectos de tanta cantidad de alcohol y desaparece como una mala idea. Solo veo mi egoísmo y mi egolatría en un desierto vacío, que brilla a través de la jarra de cerveza, mientras mi mujer duerme sin mí en la casa de su infancia.
Al final el día llega de nuevo, se escurre lentamente entre los apartamentos y quema el cielo. Yo me siento la encarnación del egoísmo puro - movimiento individualista hambriento y unidireccional. Dirigido hacia la codicia sensorial.
Eso y nada más.
Gabrielle Roth es una mujer/gurú que inventó hace treinta o cuarenta años una técnica de meditación basada en la danza de cinco ritmos seguidos. Cada ritmo de los que ella elige tiene su significado y al bailar los cinco en el orden que propone se consiguen cosas buenas.
Yo personalmente no soy un gran practicante de esta meditación ni un gran entendido en la técnica, pero me parece una manera muy divertida de usar la música y una técnica muy fácil de comprender. En su página web explica brevemente el significado de cada ritmo, y esta explicación es suficiente para dirigir la concentración a la hora de escribir, para mí.
En cuanto a la idea, desde hace años veo que el relato del conflicto interno de un personaje a medio camino entre oriente y occidente se está consolidando como subgénero literario y llevo tiempo pensando en aprovecharlo. Yo nací en Israel, un país que, se quiera o no, es también oriental. La oveja negra de Oriente Medio para algunos, una de las últimas sobras del colonialismo a la vieja usanza para otros o una representación de occidente en oriente. A fin de cuentas, Israel sigue estando en Oriente Medio, por lo menos geográficamente. ¿Así que por qué no añadir el toque Israelí al conjunto de literatura de emigrantes orientales en lengua occidental?
La idea esta vez es la de escribir un texto según cada ritmo de Gabrielle Roth, pero sobreponiendo los textos cada vez que son escritos, para reescribir el mismo texto cinco veces, de cinco maneras distintas. El resultado final será un relato escrito en cinco versiones, que el lector puede leer empezando por cualquiera de las versiones.
Esto irá quedando claro a medida que complete los siguientes capítulos. De momento, el primer texto está basado en el primer ritmo, el ritmo “fluido”, y todo el relato está basado en el viaje a un entierro en Israel.
La explicación del significado del ritmo “fluido” está sacada de la página de Gabrielle Roth y la mezcla es la mezcla más “fluida” que tenía, con motivos orientalistas.
Flowing is the pipeline to our inner truth, the impulse to follow the flow of one's own energy, to be true to oneself – listening and attending to our needs, receptive to our inner and outer worlds. When we open to the flow of our physical beings, all other pathways open.
Mezcla:
http://www.mediafire.com/?i0z2inr2qm2
1.
Alrededor de la hora 10, la suave comodidad de la mañana se ve interrumpida por el catártico lamento de dolor que ha causado en mi esposa la noticia de la muerte de su mamá. El alma de su madre ha dejado el cuerpo al otro lado de nuestro horizonte, en la orilla opuesta del mediterráneo. Mientras aquí donde estamos nosotros lo que sigue viviendo es el cielo abierto y las palmeras que acompañan la carretera. El resplandor del sol, que se escurre frente nuestra mirada hasta el aeropuerto y el conductor del taxi que nos lleva también, vive, como yo, y siento placer. Dentro de una situación tan dolorosa disfruto de poder encarnar mi pasión en actos físicos. Me alegro, dentro de una situación tan dolorosa, de tener la oportunidad de poder apoyar a mi mujer en un momento tan crucial y ser yo, sólo yo, el único que la acompaña en este vuelo. Vía Londres, condensados por la cabina uterina del avión, de regreso por el cordón umbilical de la memoria hacia el país que a los dos nos gustaría olvidar. Hacia esa parte embarazosa de mi identidad, que flota como una isla en el fondo de mi alma cuando bajo los párpados.
Esa parte de mi identidad relacionada con un país de carreteras que dan vueltas bajo un cielo negro como una mortaja, eléctrico, que me recibe con leyes y cuentas pendientes.
Un país que me recibe con obligaciones tales como visitas inmediatas a un supermercado oscuro, pálido, vacío y ausente, donde tengo que elegir entre cientos de productos superfluos, que tienen sombras peludas y formas esquivas. Compras para el día siguiente, para después del ritual. Después de que un cuerpo envuelto en una tela negra como el miedo irrumpe en el espacio e invoca un grito de dolor ancestral, que emerge desde un alma mucho más antigua que la de todos los reunidos.
Me siento como un fantasma entre humanos. No conozco las intenciones de las encarnaciones que se juntan aquí, en forma de personas, para llorar. No sé si lamentan lo misma cosa, desde de su lógica incomprensible y secreta de intrigas y desconfianza.
Me siento solo, entre los fantasmas que me rodean, mientras vuelco tierra al fondo de la tumba y el aire se llena de bendiciones sin significado.
Bendiciones que le llegan demasiado tarde a una mujer sola, que caminaba con un nudo en el corazón, entre violencia familiar, doméstica, urbana y política. Cuyo espíritu, de noche, susurra a las cortinas de la casa de la que por fin ha podido escapar. Una mujer a la que en vida le faltó tiempo para pasar con su hija porque se entretenía caminando con los pies descalzos sobre la playa mojada. Sentía la espuma salada enjabonar sus tobillos cuando caminaba sobre una arena alejada de su barrio, donde nadie la conocía.
Cuando paseo de noche, huyendo como lo hacía ella, pienso en la vida que tuvo mi suegra. Las torres se curvan bajo su propio peso sobre mí y las calles se me presentan en pijama, sin sentir la obligación de mantener las apariencias ante turistas que no vienen.
Me siento como un visitante inesperado en una ciudad desordenada, llena de despecho, que sobrevive sólo para molestar al mundo un día más.
Debería pensar en la muerte, pero la muerte no parece tener sustancia bajo los efectos de tanta cantidad de alcohol y desaparece como una mala idea. Solo veo mi egoísmo y mi egolatría en un desierto vacío, que brilla a través de la jarra de cerveza, mientras mi mujer duerme sin mí en la casa de su infancia.
Al final el día llega de nuevo, se escurre lentamente entre los apartamentos y quema el cielo. Yo me siento la encarnación del egoísmo puro - movimiento individualista hambriento y unidireccional. Dirigido hacia la codicia sensorial.
Eso y nada más.
jueves, 1 de abril de 2010
3 despedidas
Hasta que no publique la primera entrada del siguiente ejercicio, subo el texto resultante del ejercicio llamado “marco”. He juntado los tres textos, relacionándolos entre sí. Como no tenía pensado terminarlos juntando desde el principio, el resultado queda un poco acartonado, pero me gusta la idea de combinar tres textos que tienen poco que ver entre sí y unirlos sólo por el punto de vista. Tercera, primera y segunda persona respectivamente y alrededor de un tema común, que es la despedida.
3 Despedidas
1.
Cuando se diluye en el espacio, la cacofonía se convierte en un sonido placentero. El peso del tren cae rueda tras rueda sobre la vía, que sirve a dos hombres de techo. Cada golpe resonando en sus oídos con el estruendo de una nota diferente, convirtiendo el puente en el que se refugian en una tormenta sonidos agudos, que se difuminan lentamente después de la agonía. Las vibraciones de los choques metálicos se desintegran rebotando en los pilares del puente hasta desaparecer en la noche. Dejándolos a los dos solos.
Dos hombres sentados sobre la fría acera. Uno observa la pared de enfrente, pensativo, mientras el otro se apoya en su hombro al hablar, entusiasmado. Intenta convencer a su compañero de que hoy ha visto un perro ladrando su nombre.
Hoy al mediodía, mientras buscaba cartones en el polígono norte, le ha parecido que se le llamaba. Alguien gritaba su nombre en el fondo de un túnel que nunca había visto. Un túnel que ha descubierto hoy.
-¡Juan!...¡Juan!...
Una vez dentro, la voz seguía sonando de manera intermitente por el tubo de cemento. Un túnel largo, tan oscuro que no podía ver lo que pisaba. Tropezaba una y otra vez con piedras y desechos irreconocibles. Le oprimía el cuerpo una fría y densa humedad que se esfuma de repente, cuando se encuentra libre, rodeado de espacio abierto. Y respirando con facilidad. Lo cual significa placer y alivio para él, pero también extrañeza, porque se encuentra ante unas ruinas urbanas cubiertas de polvo, guardadas por una reja metálica.
Entre las ruinas, aislado tras la valla, se encuentra al engendro negro que ladra su nombre.
-¡Juan!¡Juan!¡Juan!
-¡Juan!¡Juan!¡Juan!
El perro no puede controlar su ira, salivando cada vez más, acercándose a la valla, haciéndola parecer más precaria con cada ladrido. Más fina y delicada. Más frágil e insegura.
¡La muerte! Concluye su compañero. El perro negro que has visto no era más que la muerte llamándote por tu nombre. Ha venido a la ciudad para buscarte, pero se ha detenido en el borde, porque hoy no te toca todavía. Pero mañana mismo atravesará la valla.
Has tenido mucha suerte en poderla ver a tiempo. Si huyes ahora, a otra ciudad, lejos, la muerte no te encontrará aquí. ¡Tienes que huir ahora mismo a un lugar elegido al azar! Para que la muerte no pueda adivinar tu nueva dirección y tarde meses, incluso años en encontrarte.
Los dos amigos salen del túnel. Las zapatillas rotas resbalando por la cuesta de tierra arcillosa que sube hacia la fluorescencia de la gasolinera. La luz eléctrica del cartel resplandece fría y fantasmagórica en su soledad, clavada en medio de la explanada.
Pasan de largo las miradas de despecho placentero que los trabajadores les dedican y continúan hacia la estación de tren, en silencio. Sólo se escuchan las pisadas sordas de sus suelas en el asfalto, y murmureos lejanos de automóviles o helicópteros esporádicos que sobrevuelan la ciudad como luciérnagas metálicas.
El condenado a muerte, abrumado. Despierto y alerta, pero con enjambres de abejas imaginarios zumbando en su cabeza. Está saboreando sus propios labios. Siente su vida golpeando su pecho y tiritando en su musculatura. Ahogando su piel desde dentro. Presente y entera, su vida rebosando los confines de su cuerpo.
2.
A varios kilómetros de allí, los brotes de césped pinchan y pican la piel de mi nuca mientras observo el cielo. Con los brazos abiertos, estirado sobre la colina, siento la tierra aguantar todo el peso de mi espalda y expando mi mirada hacia el espacio exterior. El sol acaba de desaparecer, pero a sus ecos les queda fuerza para colorear la bóveda celeste; en unos minutos desaparecerán también los últimos tonos purpúreos como una tela transportada por el viento. Después se verán las estrellas.
Lucía está estirada junto a mí, con los ojos cerrados. No nos decimos nada. El silencio se escucha como una cortina de placer cayendo sobre los dos. Mi alma se estira sobre el cosmos, a pesar de que mi cuerpo no se mueva. Cientos de estrellas se convierten en puntos que marcan ciudades sin nombre en el mapa de mi alma, agrupadas todas ellas por mi mirada mientras arden en fusión atómica a millones de años luz. Siento mi sangre cambiar microscópicamente de ritmo y se que las vibraciones del LSD están empezando poseerme.
Mientras tanto Lucía, como la bella durmiente de una leyenda, sigue respirando suavemente a mi lado. El placer de mirarla y pensar en las dulces horas que hemos pasado juntos, es como el filo metálico de un cuchillo depositado sobre mi lengua, después de haber sido bañado en un vino endulzado con miel y agua de rosas.
la mente, el cuerpo, las entrañas se me encogen. Piel de gallina y escalofríos por el abdomen hacia el cuello a través de los costados de mi cuerpo. El LSD produce su segunda ráfaga de aviso.
Me siento y miro hacia la pequeña bahía. Me pierdo en la sinuosidad del movimiento de los reflejos de la noche sobre el agua, alrededor de un barco de metal anónimo que calla a 300 metros de nosotros.
La brisa juega sobre mi vientre y pecho, con la tela de mi camisa. Se despide con un beso y vuelve, seduciendo progresivamente mi piel. Y cada vez que el aire interrumpe sus juegos eróticos, me quedo solo en el centro de la escena. En el lugar en el que hay que estar.
¿Habrá naves extraterrestres volando entre las estrellas que flotan allí arriba? Seres mágicos de luz blanca tal vez. Criaturas de formas desconocidas e inteligencia imposible de comprender.
El contacto suave de unos dedos delicados interrumpe mi ensoñación. Lucía aguanta mi mano y me cautiva con dos ojos brillantes de entusiasmo. Dice que ha tenido un viaje interior.
Dice que ha pensado en extraterrestres, mientras sus manos juegan con mis dedos. Como yo, ha visto seres de luz. Y también ha pensado en el vagabundo que han encontrado hoy en la estación de tren. Asesinado por las mordeduras de algún perro de pelea, según ha dicho el telediario.
Dice que los extraterrestres han tenido algo que ver. Está todo trazado.
Yo y Lucía sintiendo los extraterrestres a la vez, no puede ser ninguna casualidad.
La única explicación de esta coincidencia es la de que una presencia extraordinaria nos haya visitado a los dos, en forma de vibraciones, transmisión de sensaciones o éter. Algo indefinible pero perfectamente perceptible, exterior a nosotros.
Lucía dice que mientras cerraba los ojos escuchaba el canto de una sirena sobre la carretera por la que hemos venido hasta aquí, sobre las colinas verdes que rodean el lago, en el que duerme el barco que tenemos delante. Era la voz de la muerte, concluye, que venía a buscarla aquí, después de haber recogido esta mañana al desconocido en la estación de tren. Pero los extraterrestres la han avisado a tiempo, antes de que su consciencia siguiera flotando más allá de su cuerpo tras el canto de sirena, hacia una dimensión más elegante.
Lucía no quiere despedirse de su cuerpo tan pronto. Aún no. Así que bajamos las colinas que rodean el lago con nuestros dedos ligados, tocándose, abrazándose. Saboreando, sintiendo, absorbiendo datos – temperatura, regularidad de la superficie de la piel, tamaño, longitud. Definiendo el contacto de nuestras almas a través de nuestros extremos. Acompaño a Lucía hacia el coche y nos despedimos con un abrazo confiado, empapados en la luz amarilla de la gasolinera.
Yo me quedo y ella se va lejos, al lugar menos pensado, para confundir a la muerte y ganarle unos años más. A un lugar nuevo donde ni yo ni nadie la pueda ir a buscar, donde ni siquiera la muerte la pueda encontrar.
Yo me quedo solo, mi mirada se eleva hacia la distancia, perdiéndose en el infinito. Y camino hasta la madrugada para volver a casa.
3.
Ordenador, inicia el sistema operativo. ¿Ya te has conectado a la red? Inicia el buscador. Conecta con las cámaras de vigilancia (Estás muy lento hoy, tardas demasiado) introduce la siguiente clave - inicia el programa. Te cuesta mucho tiempo establecer la conexión ¿te pasa algo?.
.
Ya era hora, por fin perfilas los cuatro marcos en los que van a formarse las imágenes que recibes por las cámaras. Inicias un aumento progresivo del detalle dentro de la masa e de cuadriculas original, hasta concretar las apariencias de un solar ruinoso, una bahía fría donde descansa un barco pesado, la luz amarilla de un paso subterráneo delineado por grandes vigas de hierro y la zona de aparcamiento de una gasolinera solitaria. Cada una de las imágenes enmarcadas en tu monitor, dentro de su correspondiente cuarto de pantalla.
Nadie pasa por el pasadizo que me muestras en la pantalla. Exhibes solamente la imagen de dos paredes hechas de ladrillo, un pavimento asfaltado y un techo aguantado por vigas de metal. Más allá del cambio hipnótico de luz sobre la imagen, que aumenta y disminuye en intervalos largos y lentos, no pasa nada. Casi parece que me muestres una imagen fija y no una transmisión directa de vídeo.
En la imagen de la bahía dibujas el barco inmóvil como un poderoso ser tecnológico flotando sobre el liquido de oscuridad insondable. Una negrura imperceptible; oscuridad como hecho, tan oscura que la zona que dibuja el lago sobre tu pantalla tiene los pixels apagados. Oscuridad absoluta. No me enseñas más que un hecho, la falta de luz. No hay profundidades nocturnas a las que mis ojos se puedan acostumbrar. Sobre tu pantalla, el color del agua es un negro imperativo.
Sobre la gasolinera (que tampoco es más que un par de formas diluidas en el halo eléctrico que brilla desde tu pantalla) surge un movimiento repentino. La pantalla se ve invadida por un gran objeto negro. Un coche accidentado rebotado desde la carretera en un movimiento circular que la ausencia de su sonido correspondiente hace parecer suave y etéreo. La sombra oscura de un vehículo asoma por la esquina izquierda de la cuadrícula y llega hacia el centro de la imagen, en la zona de aparcamiento, dando una vuelta a su alrededor y otra sobre el techo, quedando de nuevo parado sobre las ruedas. Congelado.
Tu pantalla dibuja sombras danzantes. Figuras humanas que se acercan al coche inmóvil. Todo en silencio absoluto.
Haces que el cuarto de pantalla que reservas a la gasolinera parpadee. Lo muestras y escondes de manera intermitente hasta que en su lugar introduces la imagen congelada del pasadizo. Ahora exhibes el pasadizo en dos de las cuadriculas, mientras la gasolinera no aparece por ninguna parte.
Toco tus teclas al azar y de repente me muestras la imagen de la gasolinera en lugar de la de la bahía. Hay dos cuadrículas conectando con la cámara del pasadizo en tu pantalla. Una con la cámara del solar desolado y una con la de la gasolinera, ahora sí, de nuevo, en la esquina izquierda de tu pantalla.
Dentro del coche que acaba de presentarse de rebote, me muestras una chica herida.
Ahora tu pantalla oscurece del todo, me dejas sin conexión con ninguna de las cámaras; por unos momentos. Después me devuelves el marco distorsionado de las cuatro divisiones de la pantalla, pero no dibujas en él ninguna forma reconocible. Solamente colores diferentes formando manchas abstractas.
Te apago, para que descanses, y te vuelvo a encender.
Trazas de nuevo el marco de las cuatro pantallas, comienzas a pintar la primera imagen inteligible en tu cuadro inferior derecho: la luz de la gasolinera. En el cuadro derecho superior delineas las ruinas del solar. Pero en el cuadro superior izquierdo aparece de nuevo la imagen de la gasolinera. Me muestras la imagen de un vehículo blanco de ambulancia que carga a la conductora del coche accidentado. Lleva el cuerpo y la cara tapados por una sábana. Repites la imagen de la gasolinera en dos cuadrados opuestos pero no muestras el pasadizo por ninguna parte.
Decides apagar la pantalla de repente, por cuenta propia, y reinicias tu sistema. Al cabo de unos segundos vuelven a a aparecer las cuatro pantallas, pero todas muestran la misma imagen del pasadizo, en tonos diferentes.
Evitas mis ordenes. Tu sistema no responde a mis peticiones, actúas autónomamente. No me permites comunicar contigo. Estás confundido, enfermo.
Tu actuación me hace ver que estás infectado, atacado por algún virus. Si te permito seguir por el camino que estás tomando, tu sistema se distorsionará pronto dentro del caos. Sólo puedes salvar tu configuración pasando por el repaso de un programa antivirus. Tendré que reiniciarte para que pases por su análisis. Cuando vuelvas, te habrás alejado de la amenaza.
Una vez iniciado el programa, apagas tu pantalla, silbas el último susurro de tu ventilador y cuando éste calla, permaneces silenciosamente apagado.
Me quedo solo ante el marco de tu pantalla de cristal, el plástico que la envuelve está oscurecido por restos de polvo pegado. Solo ante tus teclas, tozudas y secas, de pulsación cada vez más difícil con el paso del tiempo. No queda más que tu armazón ante mí, introvertido, secreto, oscuro y ausente.
Me dejas solamente el recuerdo de la información que había almacenado en tus ficheros. Solamente desesperación e impotencia por no poder recuperar lo que había guardado en tu sistema. Me quedo sin ti, yo solo con tu ausencia.
3 Despedidas
1.
Cuando se diluye en el espacio, la cacofonía se convierte en un sonido placentero. El peso del tren cae rueda tras rueda sobre la vía, que sirve a dos hombres de techo. Cada golpe resonando en sus oídos con el estruendo de una nota diferente, convirtiendo el puente en el que se refugian en una tormenta sonidos agudos, que se difuminan lentamente después de la agonía. Las vibraciones de los choques metálicos se desintegran rebotando en los pilares del puente hasta desaparecer en la noche. Dejándolos a los dos solos.
Dos hombres sentados sobre la fría acera. Uno observa la pared de enfrente, pensativo, mientras el otro se apoya en su hombro al hablar, entusiasmado. Intenta convencer a su compañero de que hoy ha visto un perro ladrando su nombre.
Hoy al mediodía, mientras buscaba cartones en el polígono norte, le ha parecido que se le llamaba. Alguien gritaba su nombre en el fondo de un túnel que nunca había visto. Un túnel que ha descubierto hoy.
-¡Juan!...¡Juan!...
Una vez dentro, la voz seguía sonando de manera intermitente por el tubo de cemento. Un túnel largo, tan oscuro que no podía ver lo que pisaba. Tropezaba una y otra vez con piedras y desechos irreconocibles. Le oprimía el cuerpo una fría y densa humedad que se esfuma de repente, cuando se encuentra libre, rodeado de espacio abierto. Y respirando con facilidad. Lo cual significa placer y alivio para él, pero también extrañeza, porque se encuentra ante unas ruinas urbanas cubiertas de polvo, guardadas por una reja metálica.
Entre las ruinas, aislado tras la valla, se encuentra al engendro negro que ladra su nombre.
-¡Juan!¡Juan!¡Juan!
-¡Juan!¡Juan!¡Juan!
El perro no puede controlar su ira, salivando cada vez más, acercándose a la valla, haciéndola parecer más precaria con cada ladrido. Más fina y delicada. Más frágil e insegura.
¡La muerte! Concluye su compañero. El perro negro que has visto no era más que la muerte llamándote por tu nombre. Ha venido a la ciudad para buscarte, pero se ha detenido en el borde, porque hoy no te toca todavía. Pero mañana mismo atravesará la valla.
Has tenido mucha suerte en poderla ver a tiempo. Si huyes ahora, a otra ciudad, lejos, la muerte no te encontrará aquí. ¡Tienes que huir ahora mismo a un lugar elegido al azar! Para que la muerte no pueda adivinar tu nueva dirección y tarde meses, incluso años en encontrarte.
Los dos amigos salen del túnel. Las zapatillas rotas resbalando por la cuesta de tierra arcillosa que sube hacia la fluorescencia de la gasolinera. La luz eléctrica del cartel resplandece fría y fantasmagórica en su soledad, clavada en medio de la explanada.
Pasan de largo las miradas de despecho placentero que los trabajadores les dedican y continúan hacia la estación de tren, en silencio. Sólo se escuchan las pisadas sordas de sus suelas en el asfalto, y murmureos lejanos de automóviles o helicópteros esporádicos que sobrevuelan la ciudad como luciérnagas metálicas.
El condenado a muerte, abrumado. Despierto y alerta, pero con enjambres de abejas imaginarios zumbando en su cabeza. Está saboreando sus propios labios. Siente su vida golpeando su pecho y tiritando en su musculatura. Ahogando su piel desde dentro. Presente y entera, su vida rebosando los confines de su cuerpo.
2.
A varios kilómetros de allí, los brotes de césped pinchan y pican la piel de mi nuca mientras observo el cielo. Con los brazos abiertos, estirado sobre la colina, siento la tierra aguantar todo el peso de mi espalda y expando mi mirada hacia el espacio exterior. El sol acaba de desaparecer, pero a sus ecos les queda fuerza para colorear la bóveda celeste; en unos minutos desaparecerán también los últimos tonos purpúreos como una tela transportada por el viento. Después se verán las estrellas.
Lucía está estirada junto a mí, con los ojos cerrados. No nos decimos nada. El silencio se escucha como una cortina de placer cayendo sobre los dos. Mi alma se estira sobre el cosmos, a pesar de que mi cuerpo no se mueva. Cientos de estrellas se convierten en puntos que marcan ciudades sin nombre en el mapa de mi alma, agrupadas todas ellas por mi mirada mientras arden en fusión atómica a millones de años luz. Siento mi sangre cambiar microscópicamente de ritmo y se que las vibraciones del LSD están empezando poseerme.
Mientras tanto Lucía, como la bella durmiente de una leyenda, sigue respirando suavemente a mi lado. El placer de mirarla y pensar en las dulces horas que hemos pasado juntos, es como el filo metálico de un cuchillo depositado sobre mi lengua, después de haber sido bañado en un vino endulzado con miel y agua de rosas.
la mente, el cuerpo, las entrañas se me encogen. Piel de gallina y escalofríos por el abdomen hacia el cuello a través de los costados de mi cuerpo. El LSD produce su segunda ráfaga de aviso.
Me siento y miro hacia la pequeña bahía. Me pierdo en la sinuosidad del movimiento de los reflejos de la noche sobre el agua, alrededor de un barco de metal anónimo que calla a 300 metros de nosotros.
La brisa juega sobre mi vientre y pecho, con la tela de mi camisa. Se despide con un beso y vuelve, seduciendo progresivamente mi piel. Y cada vez que el aire interrumpe sus juegos eróticos, me quedo solo en el centro de la escena. En el lugar en el que hay que estar.
¿Habrá naves extraterrestres volando entre las estrellas que flotan allí arriba? Seres mágicos de luz blanca tal vez. Criaturas de formas desconocidas e inteligencia imposible de comprender.
El contacto suave de unos dedos delicados interrumpe mi ensoñación. Lucía aguanta mi mano y me cautiva con dos ojos brillantes de entusiasmo. Dice que ha tenido un viaje interior.
Dice que ha pensado en extraterrestres, mientras sus manos juegan con mis dedos. Como yo, ha visto seres de luz. Y también ha pensado en el vagabundo que han encontrado hoy en la estación de tren. Asesinado por las mordeduras de algún perro de pelea, según ha dicho el telediario.
Dice que los extraterrestres han tenido algo que ver. Está todo trazado.
Yo y Lucía sintiendo los extraterrestres a la vez, no puede ser ninguna casualidad.
La única explicación de esta coincidencia es la de que una presencia extraordinaria nos haya visitado a los dos, en forma de vibraciones, transmisión de sensaciones o éter. Algo indefinible pero perfectamente perceptible, exterior a nosotros.
Lucía dice que mientras cerraba los ojos escuchaba el canto de una sirena sobre la carretera por la que hemos venido hasta aquí, sobre las colinas verdes que rodean el lago, en el que duerme el barco que tenemos delante. Era la voz de la muerte, concluye, que venía a buscarla aquí, después de haber recogido esta mañana al desconocido en la estación de tren. Pero los extraterrestres la han avisado a tiempo, antes de que su consciencia siguiera flotando más allá de su cuerpo tras el canto de sirena, hacia una dimensión más elegante.
Lucía no quiere despedirse de su cuerpo tan pronto. Aún no. Así que bajamos las colinas que rodean el lago con nuestros dedos ligados, tocándose, abrazándose. Saboreando, sintiendo, absorbiendo datos – temperatura, regularidad de la superficie de la piel, tamaño, longitud. Definiendo el contacto de nuestras almas a través de nuestros extremos. Acompaño a Lucía hacia el coche y nos despedimos con un abrazo confiado, empapados en la luz amarilla de la gasolinera.
Yo me quedo y ella se va lejos, al lugar menos pensado, para confundir a la muerte y ganarle unos años más. A un lugar nuevo donde ni yo ni nadie la pueda ir a buscar, donde ni siquiera la muerte la pueda encontrar.
Yo me quedo solo, mi mirada se eleva hacia la distancia, perdiéndose en el infinito. Y camino hasta la madrugada para volver a casa.
3.
Ordenador, inicia el sistema operativo. ¿Ya te has conectado a la red? Inicia el buscador. Conecta con las cámaras de vigilancia (Estás muy lento hoy, tardas demasiado) introduce la siguiente clave - inicia el programa. Te cuesta mucho tiempo establecer la conexión ¿te pasa algo?.
.
Ya era hora, por fin perfilas los cuatro marcos en los que van a formarse las imágenes que recibes por las cámaras. Inicias un aumento progresivo del detalle dentro de la masa e de cuadriculas original, hasta concretar las apariencias de un solar ruinoso, una bahía fría donde descansa un barco pesado, la luz amarilla de un paso subterráneo delineado por grandes vigas de hierro y la zona de aparcamiento de una gasolinera solitaria. Cada una de las imágenes enmarcadas en tu monitor, dentro de su correspondiente cuarto de pantalla.
Nadie pasa por el pasadizo que me muestras en la pantalla. Exhibes solamente la imagen de dos paredes hechas de ladrillo, un pavimento asfaltado y un techo aguantado por vigas de metal. Más allá del cambio hipnótico de luz sobre la imagen, que aumenta y disminuye en intervalos largos y lentos, no pasa nada. Casi parece que me muestres una imagen fija y no una transmisión directa de vídeo.
En la imagen de la bahía dibujas el barco inmóvil como un poderoso ser tecnológico flotando sobre el liquido de oscuridad insondable. Una negrura imperceptible; oscuridad como hecho, tan oscura que la zona que dibuja el lago sobre tu pantalla tiene los pixels apagados. Oscuridad absoluta. No me enseñas más que un hecho, la falta de luz. No hay profundidades nocturnas a las que mis ojos se puedan acostumbrar. Sobre tu pantalla, el color del agua es un negro imperativo.
Sobre la gasolinera (que tampoco es más que un par de formas diluidas en el halo eléctrico que brilla desde tu pantalla) surge un movimiento repentino. La pantalla se ve invadida por un gran objeto negro. Un coche accidentado rebotado desde la carretera en un movimiento circular que la ausencia de su sonido correspondiente hace parecer suave y etéreo. La sombra oscura de un vehículo asoma por la esquina izquierda de la cuadrícula y llega hacia el centro de la imagen, en la zona de aparcamiento, dando una vuelta a su alrededor y otra sobre el techo, quedando de nuevo parado sobre las ruedas. Congelado.
Tu pantalla dibuja sombras danzantes. Figuras humanas que se acercan al coche inmóvil. Todo en silencio absoluto.
Haces que el cuarto de pantalla que reservas a la gasolinera parpadee. Lo muestras y escondes de manera intermitente hasta que en su lugar introduces la imagen congelada del pasadizo. Ahora exhibes el pasadizo en dos de las cuadriculas, mientras la gasolinera no aparece por ninguna parte.
Toco tus teclas al azar y de repente me muestras la imagen de la gasolinera en lugar de la de la bahía. Hay dos cuadrículas conectando con la cámara del pasadizo en tu pantalla. Una con la cámara del solar desolado y una con la de la gasolinera, ahora sí, de nuevo, en la esquina izquierda de tu pantalla.
Dentro del coche que acaba de presentarse de rebote, me muestras una chica herida.
Ahora tu pantalla oscurece del todo, me dejas sin conexión con ninguna de las cámaras; por unos momentos. Después me devuelves el marco distorsionado de las cuatro divisiones de la pantalla, pero no dibujas en él ninguna forma reconocible. Solamente colores diferentes formando manchas abstractas.
Te apago, para que descanses, y te vuelvo a encender.
Trazas de nuevo el marco de las cuatro pantallas, comienzas a pintar la primera imagen inteligible en tu cuadro inferior derecho: la luz de la gasolinera. En el cuadro derecho superior delineas las ruinas del solar. Pero en el cuadro superior izquierdo aparece de nuevo la imagen de la gasolinera. Me muestras la imagen de un vehículo blanco de ambulancia que carga a la conductora del coche accidentado. Lleva el cuerpo y la cara tapados por una sábana. Repites la imagen de la gasolinera en dos cuadrados opuestos pero no muestras el pasadizo por ninguna parte.
Decides apagar la pantalla de repente, por cuenta propia, y reinicias tu sistema. Al cabo de unos segundos vuelven a a aparecer las cuatro pantallas, pero todas muestran la misma imagen del pasadizo, en tonos diferentes.
Evitas mis ordenes. Tu sistema no responde a mis peticiones, actúas autónomamente. No me permites comunicar contigo. Estás confundido, enfermo.
Tu actuación me hace ver que estás infectado, atacado por algún virus. Si te permito seguir por el camino que estás tomando, tu sistema se distorsionará pronto dentro del caos. Sólo puedes salvar tu configuración pasando por el repaso de un programa antivirus. Tendré que reiniciarte para que pases por su análisis. Cuando vuelvas, te habrás alejado de la amenaza.
Una vez iniciado el programa, apagas tu pantalla, silbas el último susurro de tu ventilador y cuando éste calla, permaneces silenciosamente apagado.
Me quedo solo ante el marco de tu pantalla de cristal, el plástico que la envuelve está oscurecido por restos de polvo pegado. Solo ante tus teclas, tozudas y secas, de pulsación cada vez más difícil con el paso del tiempo. No queda más que tu armazón ante mí, introvertido, secreto, oscuro y ausente.
Me dejas solamente el recuerdo de la información que había almacenado en tus ficheros. Solamente desesperación e impotencia por no poder recuperar lo que había guardado en tu sistema. Me quedo sin ti, yo solo con tu ausencia.
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