http://www.mediafire.com/?7k4o2qim54vope4
Mi tío, el hermano menor de mi padre, tiene permiso de conducir para camión pequeño, es decir por debajo de no se cuantas toneladas. No se si lo ha usado nunca para trabajar, desde que recuerdo ha sido comercial, pero una vez lo quiso tomar prestado el camión de un conocido y cargar no se cuantos quilos de hierro que había visto mientras conducía por el campo.
Le contó a mi padre que había una cadena de varios kilómetros de longitud a lo largo de no se qué carretera. Estaba abandonada, aparentemente, y mi tío convenció a mi padre para ir y llevarla juntos al chatarrero un fin de semana.
Me pidieron ayuda y a me pareció una buena excusa para salir un poco al campo. Lástima que el viernes por la noche me quedé hasta tarde con los amigos en el parque y me levanté con los sentidos embutidos. Tenía 14 años y me daba miedo decir a los adultos que tenía resaca, así que intenté disimular por el resto del día manteniendo el silencio en mi asiento. Lo único que recuerdo del viaje es cómo los rayos de sol entraban a la cabina del vehículo distorsionados por la suciedad de la ventanilla y un debate sobre el precio de la electricidad en la radio. Conducíamos muy lento, porque no encontrábamos la cadena.
Yo tenía la frente apoyada en la ventanilla, aburrido, cuando vi pasar junto a nosotros una nube de polvo, primero, que levantaba el cabalgar de un caballo que montaba una chica joven, no mucho más adulta que yo. El pelo flotando en el aire y las caderas adaptándose ágilmente al vaivén del lomo del animal.
Mi padre y su hermano no se fijaron en ella. Todas las sensaciones de sorpresa, agitación y curiosidad sexual las pasé yo solo en mi interior. Seguí los movimientos harmónicos de su cabalgar desde la ventanilla, desde el retrovisor y con la imaginación después. Así me atrapó. Días más tarde aún seguía ese cabalgar con la imaginación y de hecho creo que con esa experiencia empezó este fetiche que tengo, de imaginarme a las mujeres que me atraen montando a caballo.
martes, 30 de octubre de 2012
Acces to Arasaka - Void()
Poco a poco mi gusto musical está cambiando y los discos en los que me baso quedan como el recuerdo de una época que estoy dejando atrás.
No cuelgo más los discos, para escuchar la música se puede poner el nombre de los artistas en youtube, allí está todo.
Tengo recuerdos de una partida de pastillas muy especiales que se vendieron por el barrio una sola vez. Las pude probar sólo aquel otoño de 199.. y nunca más oí nada de ellas ni de ninguna sustancia parecida.
Se trataba de una molécula nueva, decían, diseñada con una técnica digital, lo cual a mí y a mis amigos, con nuestra ignorancia en química y neurología, nos sonaba misteriosamente convincente. El rollo de la molécula servía de buena presentación a la hora de venderlas y encajaba bien con el efecto peculiar de aquella sustancia.
Eran unas pastillas más pequeñas de lo común, con un fuerte sabor a talco o calcio, que probamos por primera vez un domingo por la tarde. Cuando se disolvían en el estómago, cualquier foco de luz a tu alrededor se difuminaba cuando movías la cabeza con brusquedad. La vista parecía derramarse sobre la mirada y convertirse en trazos alargados de colores fríos.
Luego perdíamos la concentración. Alguien empezaba a contar algo y nunca llegabas a escuchar el final. Cualquier conversación quedaba inconclusa. El pensamiento avanzaba en forma de recortes aleatorios de fragmentos de atención, por decirlo de alguna manera – una brizna de hierba, grietas rectas entre las baldosas o fragmentos de la canción de arranque de un motor, como si percibiera el mundo en fracciones de observaciones inconexas y cuanto más inconexas se hacían, poco a poco, pedazo a pedazo... empezaba la sensación.
Sensación única en el interior, como de algo importante, serio, pasando dentro de mi alma. Lo que me rodeaba dejaba de importar. Yo era yo y lo que importaba era yo.
No era una sustancia que me hiciera muy social que digamos.
Después de probarlas varias veces con mis amigos me acostumbré a tomar aquellas pastillas solo, paseando. Me sentaba en algún lugar lejos de mi barrio, donde nadie me pudiera reconocer y me pasaba tardes enteras mirando al cielo. Me relajaba sobre algún banco desconocido y dejaba que el cielo cambiara de colores.
No fue un producto con mucho éxito, porque la gente decía que embotaban. Yo solo fui consumiendo casi toda la remesa durante aquel otoño, poco a poco, mientras me preguntaba quien habría inventado una fórmula tan fuera de lo común.
Me sentaba en un banco e imaginaba la vista que tendría si pudiera volar y colocarme encima de las nubes que pasaban sobre mi cabeza, cómo se vería el mundo desde allí. Los semáforos parpadeaban ante mí como si, más allá de su función habitual, fueran señales ocultas para recordarme algo. Así desarrollé poco a poco la sensación de que la vida te ofrece signos, señales de algo importante que va a pasar o debería pasar. Señales que te avisan de que ha llegado el momento de actuar hacia alguna dirección y todo es cuestión de saberlas reconocer cuando aparecen.
No cuelgo más los discos, para escuchar la música se puede poner el nombre de los artistas en youtube, allí está todo.
Tengo recuerdos de una partida de pastillas muy especiales que se vendieron por el barrio una sola vez. Las pude probar sólo aquel otoño de 199.. y nunca más oí nada de ellas ni de ninguna sustancia parecida.
Se trataba de una molécula nueva, decían, diseñada con una técnica digital, lo cual a mí y a mis amigos, con nuestra ignorancia en química y neurología, nos sonaba misteriosamente convincente. El rollo de la molécula servía de buena presentación a la hora de venderlas y encajaba bien con el efecto peculiar de aquella sustancia.
Eran unas pastillas más pequeñas de lo común, con un fuerte sabor a talco o calcio, que probamos por primera vez un domingo por la tarde. Cuando se disolvían en el estómago, cualquier foco de luz a tu alrededor se difuminaba cuando movías la cabeza con brusquedad. La vista parecía derramarse sobre la mirada y convertirse en trazos alargados de colores fríos.
Luego perdíamos la concentración. Alguien empezaba a contar algo y nunca llegabas a escuchar el final. Cualquier conversación quedaba inconclusa. El pensamiento avanzaba en forma de recortes aleatorios de fragmentos de atención, por decirlo de alguna manera – una brizna de hierba, grietas rectas entre las baldosas o fragmentos de la canción de arranque de un motor, como si percibiera el mundo en fracciones de observaciones inconexas y cuanto más inconexas se hacían, poco a poco, pedazo a pedazo... empezaba la sensación.
Sensación única en el interior, como de algo importante, serio, pasando dentro de mi alma. Lo que me rodeaba dejaba de importar. Yo era yo y lo que importaba era yo.
No era una sustancia que me hiciera muy social que digamos.
Después de probarlas varias veces con mis amigos me acostumbré a tomar aquellas pastillas solo, paseando. Me sentaba en algún lugar lejos de mi barrio, donde nadie me pudiera reconocer y me pasaba tardes enteras mirando al cielo. Me relajaba sobre algún banco desconocido y dejaba que el cielo cambiara de colores.
No fue un producto con mucho éxito, porque la gente decía que embotaban. Yo solo fui consumiendo casi toda la remesa durante aquel otoño, poco a poco, mientras me preguntaba quien habría inventado una fórmula tan fuera de lo común.
Me sentaba en un banco e imaginaba la vista que tendría si pudiera volar y colocarme encima de las nubes que pasaban sobre mi cabeza, cómo se vería el mundo desde allí. Los semáforos parpadeaban ante mí como si, más allá de su función habitual, fueran señales ocultas para recordarme algo. Así desarrollé poco a poco la sensación de que la vida te ofrece signos, señales de algo importante que va a pasar o debería pasar. Señales que te avisan de que ha llegado el momento de actuar hacia alguna dirección y todo es cuestión de saberlas reconocer cuando aparecen.
Clockcleaner - Babylon rules
Tenía una novia a la que quería mucho. Tengo muy grabada la imagen de sus piernas delgadas subiendo una montaña donde decían que podríamos ver Ovnis. Ella es una fanática de los Ovnis, hace poco ha publicado un libro sobre el tema.
Una montaña con truenos en la cima, así lo recuerdo. Subíamos con un autobús que viajaba muy lento y el conductor parecía indio. Un hombre de origen Peruano o Boliviano, no lo se, pero indio, y con la cara delgada. Una cara misteriosa de cuero seco y ojos carbón ardiente. Le miré la cara de cerca cuando hablamos al lado de la carretera. De repente, paró el autobús en la cuneta y salió a fumar sin dar explicaciones. Se encendió el cigarro pensativo, mirando la montaña y yo lo miraba a él.
-El tipo de lugar para encontrarse buitres- me dijo, y yo vi cuervos volando.
-El tipo de lugar para encontrar setas alucinógenas- contestó mi novia, y después le habló de ovnis.
Me acuerdo de la hierba húmeda junto a la carretera, una humedad que penetraba los calcetines
Hubo un ruido de animal – parecido al cuervo pero con un tono menos agudo y mayor volumen.
Pregunté al conductor qué animal era, forzando mi sonrisa, pero él me miraba sin responder. Vi la cicatriz que tenía en el antebrazo, de unos 15cm, empezaba con una curva y seguía recta hasta terminar.
Nos habíamos parado en la cuneta junto a un muro derruido, roto a pedazos. Habían botellas de cerveza vacías en el lugar – me pareció que era costumbre parar allí, en aquel punto de la carretera, pero por no sabía por qué.
El conductor se fumó el cigarro entero mirando el bosque, pero no soñando, sino penetrando con atención la oscuridad entre los árboles, como si buscara algo.
Recuerdo también la piel suave del cuello de mi novia. Con la barbilla levantada, estiraba el cuello hacia el cielo, concentrada, con la mirada viajando hacia la primera estrella del atardecer. Estaba convencida de que veríamos ovnis.
Para mí era una excursión de libertad y sexo. Habíamos llegado a aquellas montañas en un autobús amarillo, comiendo galletas en los asientos de la última fila. Pasamos por encima de miles de árboles, viajando sobre largos puentes bajo los cuales volaban aguiluchos. Mi novia había elegido el destino por ser un lugar favorecido por los platillos volantes; incluso llevábamos con nosotros máscaras blancas, que se dice que ayudan en caso de avistamiento. Lo raro fue que se nos perdió la marihuana. Primero nos pensamos que nos la habíamos dejado en casa, pero cuando volvimos a la ciudad resultó ser que no, que se perdió en alguna parte durante el viaje.
Una montaña con truenos en la cima, así lo recuerdo. Subíamos con un autobús que viajaba muy lento y el conductor parecía indio. Un hombre de origen Peruano o Boliviano, no lo se, pero indio, y con la cara delgada. Una cara misteriosa de cuero seco y ojos carbón ardiente. Le miré la cara de cerca cuando hablamos al lado de la carretera. De repente, paró el autobús en la cuneta y salió a fumar sin dar explicaciones. Se encendió el cigarro pensativo, mirando la montaña y yo lo miraba a él.
-El tipo de lugar para encontrarse buitres- me dijo, y yo vi cuervos volando.
-El tipo de lugar para encontrar setas alucinógenas- contestó mi novia, y después le habló de ovnis.
Me acuerdo de la hierba húmeda junto a la carretera, una humedad que penetraba los calcetines
Hubo un ruido de animal – parecido al cuervo pero con un tono menos agudo y mayor volumen.
Pregunté al conductor qué animal era, forzando mi sonrisa, pero él me miraba sin responder. Vi la cicatriz que tenía en el antebrazo, de unos 15cm, empezaba con una curva y seguía recta hasta terminar.
Nos habíamos parado en la cuneta junto a un muro derruido, roto a pedazos. Habían botellas de cerveza vacías en el lugar – me pareció que era costumbre parar allí, en aquel punto de la carretera, pero por no sabía por qué.
El conductor se fumó el cigarro entero mirando el bosque, pero no soñando, sino penetrando con atención la oscuridad entre los árboles, como si buscara algo.
Recuerdo también la piel suave del cuello de mi novia. Con la barbilla levantada, estiraba el cuello hacia el cielo, concentrada, con la mirada viajando hacia la primera estrella del atardecer. Estaba convencida de que veríamos ovnis.
Para mí era una excursión de libertad y sexo. Habíamos llegado a aquellas montañas en un autobús amarillo, comiendo galletas en los asientos de la última fila. Pasamos por encima de miles de árboles, viajando sobre largos puentes bajo los cuales volaban aguiluchos. Mi novia había elegido el destino por ser un lugar favorecido por los platillos volantes; incluso llevábamos con nosotros máscaras blancas, que se dice que ayudan en caso de avistamiento. Lo raro fue que se nos perdió la marihuana. Primero nos pensamos que nos la habíamos dejado en casa, pero cuando volvimos a la ciudad resultó ser que no, que se perdió en alguna parte durante el viaje.
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autobiografía falsa,
oriente medio a 5 ritmos
lunes, 24 de septiembre de 2012
Blood and Time - At the foot of the Garden
Las pasadas vacaciones de semana santa presté de un amigo un barco de madera que tiene en posesión, al que ha bautizado con el nombre de Satán. Tiene el nombre del barco escrito sobre la quilla con letras azul cobalto, cada una repasada con finas líneas negras; la primera S en mayúscula y de mayor tamaño. Un nombre especial, escrito de manera excepcionalmente formal: Satán.
Un barco que parece de juguete, con las cuerdas de su vela tensadas por poleas de metal, descansado sobre el agua con mi persona en su vientre – yo, probando de ver cómo funcionaría el mundo sin mi influencia y el barco haciendo lo suyo, flotar. El barco meciéndose sin control y yo jugando al escondite con mis responsabilidades, experimentando con los extremos de la pereza.
Yo me entretengo improvisando ejercicios de esgrima y danza sobre la cubierta, el viento frío erizando los pelos de mi pecho desnudo. A ratos descanso tumbado sobre la popa mirando el cielo, con una brizna de hierba en el labio, como si fuera un Oliver Twist o un Tom Sawyer. Alguno de esos personajes de ficción incomprensibles
Esos niños salvajes que preferiría ver encerrados en una jaula para observarlos mejor y tirarles un tren de lata para se entretengan, o un palo de regaliz.
Mi pequeño barco flota muy lento entre un cielo y mar sombríos y algo histéricos. El barco flota sobre un río erizado, bajo nubarrones de color gris metálico que se arrastran en el cielo al compás de su reflejo submarino. De noche, trompetas que suenan desde el más allá, distorsionadas por el aullar del viento de la eternidad. Tormentas eléctricas estallando sobre el poste de la vela plegada.
Los sueños en el barco son sueños de otro barco, más luminoso, flotando en un río todavía más oscuro. Sobre un río negro que baja por la noche, un barco brillante como un faro. Y de día, la misma popa de madera aburrida. La bandera deprimida y arrugada se anuda alrededor del mástil en grumos de tela mojada. Bandera sin uso ni significado. Panteras lentas descansando en la orilla, lejos de mí, escondidas entre la brisa que sacude la vegetación de seda y mece copas de árboles cargadas de verde. Depredadores que se esconden, entretanto guardan su energía.
Pensaba que saliendo a navegar un par de días me podía ocurrir algo especial, pero no ha pasado nada. No se resuelve nada saliendo de vacaciones, es un mito más. Las vacaciones, otra mentira más, como Tom Sawyer o Oliver Twist. Todas estas historias son mentira, no llego a creerme ninguna.
Pero son bonitas.
Bonitas como gatos plateados en la noche. Bonitas como palomas, como el sueño de palomas limpias que tiene un niño. Un niño limpio que vive en una casa donde lo quieren, que puede dormir junto una ventana por la que se ven las estrellas.
Brighter Death Now - 1890
Cuando tenía poco más de veinte años, trabajaba en una cafetería por las tardes y le alquilaba una buhardilla a una mujer soltera, que bebía un poco pero nunca me molestaba. Dormía al lado de la ventana, sobre un colchón enorme que subí de la calle y tenía en la habitación un armario, una neverita para las cervezas y dos televisores. Uno me lo prestó un amigo cuando se fue al extranjero por una temporada y me encontré el segundo por casualidad, pasando por una calle estrecha detrás de mi casa. Tuve que hacer un rodeo a mi ruta acostumbrada para salir del barrio una tarde, a causa de un mitin político que bloqueó la entrada a mi calle con un mar de sillas plegables de madera, pensionistas y pancartas, más un conferenciante que hablaba por los altavoces cansado, con firmeza automatizada y desganada. Doblé un par de esquinas que nunca había explorado y en la mitad de una calle corta me encontré con una televisión abandonada, que resultó funcionar.
Por aquella época trabajaba siempre en turnos de tarde, dormía de día y a menudo me pasaba las noches delante de mis dos televisiones, una transmitiendo las imágenes que salían de un reproductor de DVD que gané en alguna oferta y otra reproduciendo cintas VHS en un videocasete que ni recuerdo de donde había sacado.
Reproducía algunas cintas que me había encontrado tiradas en la calle, como una grabación ambiental de fuego, o una cinta en la que, tras terminar dos comedias grabadas de la televisión, sobresalían unos minutos sobrantes de la grabación anterior, no profesional, con imágenes de una familia anónima celebrando el cumpleaños de una niña. Así gastaba noches enteras hasta la llegada del pálido amanecer.
Fue una noche entre las tres y las cuatro de la madrugada, cuando me sorprendió el lanzamiento de una bengala sobre los edificios ante mi ventana. A medida que me acostumbraba a la sorpresa, me percaté de que la bengala no bajaba del cielo. Pasaron unos segundos y la bengala descendía como era de esperar, se mantenía clavada en el cielo, no se exactamente a qué distancia, pero desde mi ángulo parecía estar a un palmo sobre el edificio de enfrente.
El brillo palpitaba cambiando de intensidad. Cuando se expandía, la luz era tan intensa que me cegaba por un instante de fascinación y cuando se replegaba sobre sí misma simplemente la veía allí, brillando ante mí. Después me volvía a hipnotizar. Palpitando en el cielo paralizaba mi atención y me soltaba, de manera intermitente.
Cuando la luz me poseía, me volvía consciente de mi columna vertebral –esto lo podía analizar posteriormente - y visualizaba la imagen de una luz fluorescente, sobre la que brillaban en mayor intensidad unos filamentos de luz que parecían cuerdas rotas y finas hechas de una luz aún más clara que la de la bengala. Después volvía a ver el cielo oscuro, sus pocas estrellas, una a una, y la bengala estática brillando en el aire.
Me desperté al amanecer, sin recordar en qué momento había quedado dormido y desde entonces me interesan los avistamientos de ovnis.
sábado, 15 de septiembre de 2012
Thema Eleven - Choose Your Beast
Hablando de vacaciones, una vez viajé a Nueva York. Me moría por ver el paisaje de la capital del mundo con mis propios ojos. Yo conocía Nueva York de revistas, libros, carteles comerciales y alguna que otra película que había consumido, y la conocía como una ciudad llena de historias especiales, con personajes dinámicos y divertidos. Pero cuando llegué a Nueva York lo único que vi fue calles.
Bajé del avión y no había ni tan siquiera un aeropuerto decente. Todo el aeropuerto de Nueva York no es más que una sala alargada, de unos cien metros, con “furniture”, como dicen ellos, vieja y de color marrón. Recuerdo que había tres policías antipáticos en el control, uno de ellos gordo y con un bigote grande. Cuando sales de esta sala marroncita llegas a una esquina de asfalto donde aparcan un par de taxis amarillos, esto es todo.
El taxi me llevó al centro de la ciudad y allí empecé a buscar mi hotel. Pero en Nueva York no hay hoteles, sólo hay calles muy largas de edificios sin puertas. Bueno, tal vez otros barrios sean diferentes, yo lo que conocí fue sólo Manhattan, pero tal como fueron las cosas, dudo que estos “otros” barrios existan.
Puede parecer una locura, pero la verdad es que yo lo he vivido en mi propia carne y se que Nueva York es una farsa, no existe.
Quise visitar Nueva York, reservé un hotel y lo pagué, a través de mi agente, pero al final acabé durmiendo en la calle. Porque allí no había hotel alguno. Lo único que había en Nueva York eran avenidas, muy largas, eso sí. Avenidas interminables, paralelas y grises, con edificios muy altos, sin ventanas apenas y sin ninguna puerta de entrada.
Se me hinchaban las plantas de los pies y me aburría, porque caminaba día y noche y no encontraba nada, el paisaje no cambiaba nunca. Y cuando caía la noche, cansado de no encontrar el hotel y desesperado, me acostaba a dormir sobre la calzada. Nadie me decía nada.
Recuerdo que intenté pedir consejo a gente local que pasaba, pero me ignoraban. O me amenazaban.
Al final cogí por el cuello a un tipo que parecía flojucho y le puse contra la pared. Le amenacé y le obligué a enseñarme algo diferente de Nueva York. Apreté el puño cerca de su cara y eso le hizo reír.
Le dijo algo a un taxista y este me llevó a la orilla de un río muy ancho, con un poco de césped y algunos bancos. Un gran cambio, sin duda, pero junto a la orilla se erguían los mismos edificios impenetrables como un muro aislante. Los diez días que me quedaban de vacaciones los pasé junto a los bancos de aquel río, en aquella mínima parcela de césped.
Esto fue lo que vi de Nueva York. Así es como lo recuerdo.
Lo que sale en las películas, todas las aventuras que pasan en Nueva York día y noche, me pregunto si son alegorías de los sufrimientos de los habitantes de este bloque de asfalto llamado ciudad.
Entiendo que la televisión siempre exagera, o nos enseña ilusiones que nos gustaría realizar, pero yo me pregunto, los habitantes de Nueva York saben que la ciudad no es así para nada cuando la ven en películas. Los que son de Nueva York saben cuan distante es su ciudad de la manera en que se la representa en el cine, entonces ¿Qué es lo que piensan ellos cuando ven estas películas? ¿Y yo? Si sé que Nueva York es una mentira, ¿por qué sigo disfrutado cuando veo otra película sobre Nueva York? ¿Disfruto engañándome? ¿Disfruto con la calidad de cada nueva ilusión? ¿Es que estas ilusiones crean en mi interior una Nueva York idílica en la que no existe el aburrimiento? Tal vez se trate de una cuestión de fe. Creer en una Nueva York entretenida y feliz le da un color más agradable a la vida. Le da sentido. Por que a fin de cuentas, no puedo juzgar una ciudad tan grande por mi propia experiencia personal, limitada además, mi experiencia, a unos pocos días y un mal planning de las vacaciones por mi parte. Nueva York es mucho más, y no perderá de su brillo esta increíble ciudad porque yo no haya sido capaz de pasármelo bien en ella. Sobretodo conociéndome, que soy una persona negativa de por sí y melancólica.
lunes, 4 de junio de 2012
Anonymous
Poco antes de cumplir los diez años me caí con muy poca fortuna sobre la cabeza durante una clase de gimnasia. Me salió un movimiento extraño e inesperado al intentar, con mucha valentía, una voltereta en el aire y acabé aplastando mi propio cuello con el peso de mi cuerpo. Me llevaron al hospital, con urgencia, y tras largas y narcóticas horas de espera entré en una sala de operaciones.
Los médicos asustaron a mis padres y les explicaron que mis vértebras estaban dañadas y aunque me podría recuperar, cabía la posibilidad de que sufriera consecuencias “difíciles de prever” a la hora de crecer. Una solución experimental, sin embargo, que mis padres accedieron a probar, fue la sustitución de áreas de varias vértebras, así como la base de mi calavera, por una aleación revolucionaria de acero y silicona.
La operación fue un éxito, pero curiosamente desde entonces empecé a soñar casi cada noche sobre un amigo imaginario muy peculiar.
Nunca me dijo su nombre porque no hablábamos; Él, ella o ello, era un robot. Un robot grande como un camión o una avioneta, que en los sueños, siempre muy realistas, llamaba la atención en el cielo cuando se acercaba de lejos a una velocidad espantosa hacia mi ventana y asustaba a todos los bloques del barrio con el ruido fiero de sus motores. Dejaba el aire saturado de un fuerte olor a gasolina, siempre, que yo reconocía como el olor de mi amigo.
Mi amigo de corazón de enormes pistones metálicos y brazos lanzamisiles. Misiles que usaba para destruir edificios cuando yo me dirigía hacia el norte o hacia el sur o si quería volver desde la escuela hacia casa en línea recta, por ejemplo, mi amigo se cuidaba de que todo quedara plano ante mi paso. Toda la ciudad le temía. Era un robot rudo, con las planchas de acero sin pintar ni pulir.
Cuando llegaba volando, aterrizaba ante nuestro bloque y tenía la altura justa para que su cara quedara ante mi balcón. Allí me miraba, de frente, con ojos sin color ni brillo. Ojos que no eran más que dos huecos con turbinas furiosas en su interior. Sus dientes, cuchillas afiladas.
De día, yo y un amigo real que tenía, de carne y sangre, vagábamos por el barrio buscando varas, trozos de tuberías o piezas largas de metal desechadas, con las que picábamos paredes apartadas de las que arrancábamos trozitos de yeso y ladrillo. Durante tardes enteras a veces, y siempre lejos de las miradas de los vecinos. Imaginábamos que nosotros también teníamos el poder de destruir un edificio entero, como mi amigo el robot.
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